Sé que posicionarse en medio de dos posturas puede interpretarse como tibieza, inseguridad, interés, o qué se yo. Es como ser de centro: nunca he conocido a un fanático de centro. Y España lleva años partida en dos sin ningún grupo capaz de conciliarnos, pues parece que nos mueva más el radicalismo, no sé si será cosa de la sangre latina. Lo que preocupa más, en cualquier caso, es que se esté alimentando otra guerra, la de sexos, pero ya no por la defensa legítima de unos derechos vulnerados, sino más bien a raíz de los errores e injusticias que se producen en la lucha contra la violencia de pareja. Unos y otras, hombres y mujeres, encendidos por ser víctimas o simpatizantes de víctimas de la agresión de una persona, mimetizan el móvil de la agresión con la condición sexual del agresor y sus supuestas ventajas por pertenecer a determinado género. Y ya la tenemos montada. Ellas se creen las víctimas permanentes de una historia patriarcal y ellos, las nuevas víctimas de la superprotección que, de un tiempo a esta parte, disfrutan ellas. Y cada uno, para victimizarse todavía más y desprestigiar en lo posible la postura ajena, buscan los apelativos más avergonzantes: feminazis y neomachistas. ¿Puede haber paz ante tal enrocamiento? Será difícil, pero espero que sí. De hecho, me sitúo en la postura central, la de quienes trabajamos activamente por una igualdad real, pero sin cortar cabezas, por el camino del diálogo amistoso. Y es que un encuentro entre ambos frentes implica tener la cordura suficiente para no emplear términos que comparen a la otra parte con algo tan fuerte como el nazismo, ni catalogar a todo hombre de machista por defender su presunción de inocencia (y la de otros hombres) que, en casos de denuncia falsa queda, simplemente, desterrada.
Hemos de reconocer que el feminismo ha sido bueno y necesario en tiempos en que la mujer no disfrutaba de los mismos derechos que los hombres, y que aquellas feministas han de ser reconocidas en sus méritos contextuales. Lo que no tiene sentido es que exista, hoy en día, un feminismo “radical”, cuando la mujer disfruta, salvo excepciones que la ley se encarga de combatir, de grandes ventajas en caso, por ejemplo, de divorcio, disputa conyugal o malos tratos. Pero también hemos de advertir que el feminismo radical de hoy es un resquicio de nostálgicas de aquellos tiempos condenado a morir y que quien hoy en día lo abandera es una minoría muy ruidosa, pero minoría. El problema es que se le ha dado poder ante el vacío de propuestas eficaces contra la violencia de pareja. Porque se han presentado como enfoque salvador de la mujer maltratada y nadie más lo ha hecho.
Qué pasa, que ante ese vacío, estas pocas radicales han acaparado todas las ayudas y por ende, todos los apoyos en pro de la causa. Y con ello, han despertado la confianza de muchísimas mujeres de a pie y profesionales, que han adquirido una formación acaparada por sus tesis. Y estas mujeres arrastradas por la inercia y el apoyo institucional, no son culpables de transmitir un enfoque equivocado, porque es el enfoque “institucional”. Por tanto, nadie va a sacarlas de su error llamándolas feminazis o fundamentalistas. Porque ellas, personalmente, no han creado esa ideología. Simplemente la han absorbido del contexto contaminado que las radicales alimentan. Pero esas mujeres, esas profesionales, psicólogas, trabajadoras sociales, asistentas, abogadas que han acudido a cursos para mejorar su capacidad de ayudar a maltratadas, no pueden ser metidas en el mismo saco que aquéllas. Simplemente hemos de ofrecer, sin resentimientos ni agresiones dialécticas, un enfoque razonable, fundamentado, lógico y compatible con la lucha contra la violencia de pareja. Un enfoque que todas esas personas, mujeres y hombres, formados en el enfoque institucional, puedan comprender y asimilar como más justo con todos.
Hombres y mujeres nos necesitamos y una guerra entre ambas partes nunca tendrá vencedores. Así que bajemos los humos un poquito. Propongo, pues, a todos los lectores de este blog que NUNCA MÁS vuelvan a usar los apelativos feminazi o neomachista para atacar al que ha sido formado de otro modo. Que seamos bisagra, que no veamos enemigos en cualquiera que no piensa exactamente como nosotros, porque el otro, simplemente, puede estar equivocado, sin tener ninguna intención oscura de dominación sobre el sexo contrario. Aunque hayamos sido heridos por el otro, devolver la lanzada no va a curar nuestra herida. Vamos a liberar la rabia hacia otro lado y vamos a reunir toda la sabiduría, la inteligencia, la paciencia y la cordura que una paz tan importante requiere, para dar, siquiera, un ejemplo útil a los que vienen detrás.
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jueves, 2 de febrero de 2012
sábado, 22 de octubre de 2011
Intervención de Araceli Santalla en Getafe Negro 2011 - Mesa redonda sobre violencia de género
No es la primera vez que hablo en público sobre mis propuestas para el fin de la violencia de pareja, pero créanme que cada vez que lo hago, me gustaría que fuera la última. Porque eso significaría que los medios emprendidos para acabar con esta lacra empiezan a funcionar y ya no es necesario defender enfoques alternativos que podrían dar mejores resultados. Si estoy aquí, si sigo presidiendo una Asociación y sigo yendo donde me llaman a ofrecer lo que sé de forma altruista es, pues, un mal síntoma. Estoy segura, además, que quienes se dedican profesionalmente a esto, como políticos, jueces, abogados, policías, psicólogos, asesores o asistentes de asesores, preferirían perder su trabajo a cambio de ser testigos y quizá partícipes del fin de esta epidemia.
Dispongo de información para aportar claves fundamentales en ese sentido, pues el haber convivido con un maltratador consciente de serlo me da unos argumentos que nadie ajeno a esa experiencia puede tener. Para empezar, les resumo la historia que hace peculiar mi perspectiva: Entre 2000 y 2001 conviví con un maltratador, como digo, consciente de su problema, sin embargo, eso no le permitía controlar ni sus paranoias ni su impulso castigador. Tenía cambios de personalidad muy radicales, pero no se le diagnosticó un trastorno concreto. Atravesaba estados normales y estados de crisis periódicos, de unas 3 veces al mes. En estado normal era un hombre equilibrado, respetuoso, divertido y trabajador que me quería sinceramente. Sin embargo, en estado de crisis, se volvía un hombre susceptible, intolerante, obsesivo y violento que me odiaba con toda su alma. Su consciencia de problema propio le permitía, casi siempre (que no siempre), tomar tranquilizantes antes de llegar al estado de ira. Y también le permitía dedicar el tiempo en que estaba “normal” a analizarse e inventarse terapias. Pero las crisis siempre volvían y la convivencia era cada vez más difícil. Aun así, la aproveché para recopilar datos sobre su conducta, su infancia y la relación con sus padres. Gracias a ello, tras separarnos y después de 11 años de investigación y formación, publiqué un libro con mis conclusiones.
Tratando este tema en un festival de novela negra y para inspiración de los autores que nos escuchan, debemos reconocer que la violencia de pareja es el mayor crimen sin resolver de la historia. A saber: miles de muertes violentas por todo el mundo en un mismo contexto, miles de detenidos y suicidados, miles de asesinos de ambos sexos con un modus operandi similar, miles de víctimas que se resisten a colaborar, miles de presos que no se reinsertan, miles de libros, miles de opiniones, miles de preguntas… y ninguna respuesta que permita cerrar el caso. ¿Qué detective se atrevería con esto? No muchos, pero estoy segura que su primera observación se posaría sobre los fallos cometidos que han impedido localizar al culpable, neutralizarlo y cerrar el caso. Y en primer lugar se centrarían, como es lógico, en el tipo al que señalan como culpable, que aquí no es un individuo, sino un defecto universal: el machismo.
Si me interrogaran como testigo, yo podría decir que el maltratador no es el espeluznante y calculador psicópata recurrido por tantos autores, y que no siempre es un machista sistemático. De hecho, ninguna mujer medianamente sana se enamoraría del mamarracho cruel y despreciable en que reducen al maltratador infinidad de libros y películas. Esos perfiles viscerales son un insulto a la inteligencia de cualquier maltratada a quien, implícitamente, la presuponen incapaz de advertir las artimañas de un timador sin escuela. Sin embargo, el público demanda personajes planos, identificables, malos y buenos sin dobleces. Y eso es lo que se les da: un villano absoluto en quien poder volcar sin remordimiento nuestros impulsos castigadores diarios, un malvado de muchas caras pero con un único móvil: el machismo. Por eso, en la trama fácil de cualquier noticia, película o novela, la violencia es “de género”, del género masculino contra el femenino, claro. Sin más complicaciones. Gran error.
Porque bajamos a la vida real y los profesores de instituto te cuentan cómo cada vez hay más chicas agresivas y controladoras con sus novios. O hablamos con el vecindario y en casa sí, casa no, la que lleva los pantalones con mano de hierro es la mujer. O consultamos a una Asociación como VISC, que combate la violencia por celos y nos revelan que reciben tantas consultas de mujeres como de hombres maltratados. La realidad no es siempre como nos la cuentan.
Yo les voy a hablar de los maltratadores de carne y hueso, los que he entrevistado durante este tiempo: lo que tienen en común todos ellos, al margen de su sexo, inteligencia o cultura, es el trato afectivo que recibieron en su primera infancia y que, sin lugar a dudas, fue inadecuado. Todos sabemos la trascendencia que tienen a esa edad los más sutiles impactos emocionales. Bastaría, pues, analizar los parámetros educativos y neurológicos que todos tuvieron en común para localizar el origen del problema. Y eso fue lo que yo hice. Así pues, son 4 los elementos comunes a la mayoría y suponen un trauma afectivo que en muchos casos degenera en trastorno de la personalidad. Y que nadie se sorprenda, pues sabemos que el maltratador común es un celoso patológico y que una patología es un tipo de enfermedad. Sólo que en estas personas, esa patología viene junto con otros síntomas que he identificado para demostrar que actúa como otros trastornos de la personalidad bien definidos. ¿La particularidad de éste? Que se manifiesta en crisis con una frecuencia distinta en cada persona, siendo inapreciables los síntomas en estado normal. Hay agresores que tienen 3 crisis al mes, pero hay otros que tienen 1 crisis cada 3 meses. De ahí que sea tan difícil detectar anomalía alguna, pues en estado normal (que es cuando acceden a visitar a un especialista) predomina en ellos su parte sana. Comprendan ahora lo difícil que le resulta a una maltratada abandonar a un hombre que la hace feliz 3 meses, por un día o dos que la hace infeliz. Ustedes sólo ven el suceso, pero nosotras hemos visto al hombre. Y un hombre es más complejo de lo que puede abarcar un titular brevemente desglosado a partir de un hecho sangriento. Para saber cómo siente y cómo piensa un maltratador, o hay que ser maltratador o hay que convivir con uno que sea consciente de serlo. Además, ¿desde cuándo hay dogmas en psicología?, ¿desde cuándo está todo descubierto en el cerebro humano? No hay impedimento teórico alguno para concebir nuevos trastornos, mucho menos en individuos tan imprevisibles y desconocidos como los maltratadores. El psiquiatra Valentín Barenblit, afirmaba en unas Jornadas Pro-Salud Mental, que “el maltratador de género sufre un trastorno mental severo que, además de afectar a la Justicia, compete especialmente a los responsables de la salud mental”.
¿Que por qué el machismo no es el problema? 1º) Porque las mujeres y los homosexuales no maltratan por machismo, 2º) porque está aumentando el fenómeno entre la juventud, en teoría más alejada de criterios patriarcales, 3º) porque hay más feminicidios en países del norte de Europa que en los del sur, 4º) porque existen casos en que hombres formados en igualdad maltratan a su pareja. Por cierto, leí de otro especialista que el maltratador no necesita terapia porque no padece ninguna enfermedad, que sólo necesita reeducación. Ahora escuchen esta noticia: En enero de 2006, en Ronda, un subinspector de policía mató a su ex pareja y se suicidó después. Pues este señor era representante policial de la mesa local contra la violencia de género y había impartido charlas sobre esta lacra. ¿Estaba o no estaba lo bastante reeducado? Que habrá zoquetes entre los maltratadores estoy segura, pero la mayoría saben perfectamente de lo ilegal e intolerable del maltrato. Sin embargo, saberlo racionalmente no les sirve para controlarlo. 5º) ¿Qué papel juega el machismo en todo esto?, El machismo es sólo el ambiente donde el verdadero problema se encuentra cómodo, donde vive más contenido. Siendo un trastorno vinculado a los celos, ocurre lo mismo que en una dictadura, donde mueren antes los rebeldes que los sumisos. En la dictadura de los celos pasa igual: muere antes quien se rebela. Por tanto, hay que combatir el machismo, sí, pero sin olvidar el trastorno celotípico que estalla violentamente ante la rebeldía y la libertad.
Señalar un trastorno como principal sospechoso de los crímenes de pareja no significa dar al maltratador un atenuante de su pena. Este agresor no mejora, sino que EMPEORA con el tiempo y como la seguridad de las víctimas es lo primero, no podemos soltar a un tipo así sabiendo que pasados 20 años estará peor. Por tanto, mientras no exista una terapia eficaz, no se puede liberar a un maltratador de alto grado. Obviamente, un objetivo ineludible para combatir esta lacra, será investigar esas terapias específicas y aplicarlas en prisión.
Este sería el eje de mi propuesta. Y disculpen mi impaciencia, pero es que no tenemos tiempo que perder en palabras vacías y posturismos políticos, porque mañana puede morir otra mujer que, de saber lo que yo sé, quizá podría salvarse. Porque de esta idea se derivan otras que agilizarán la prevención, la protección y la recuperación, haciendo más efectivos los protocolos por nuestra seguridad. Y aunque valoro las buenas intenciones de las leyes que se emprenden contra el maltrato, debo decir que, si bien son necesarias, no bastan. Y que ahora, del lado de quienes hemos sufrido el problema, les ofrecemos otra vía sobre la que trabajar, que no se está abordando por bloqueos ideológicos, pero que estoy segura, evitaría muchas muertes.
Crimen resuelto. Ahora está en otras manos cerrar el caso… o dejarlo abierto y seguir creyéndonos la historieta del machismo.
Texto leído ante asistentes y contertulios de la mesa redonda: Miguel Lorente (delegado del gobierno para la violencia de género), Inés parís (directora de cine), José María Gómez-Villora (Juez titular del Juzgado nº1 de Violencia sobre la Mujer de Valencia) y Carmen Chaparro (periodista y moderadora de la mesa).
Dispongo de información para aportar claves fundamentales en ese sentido, pues el haber convivido con un maltratador consciente de serlo me da unos argumentos que nadie ajeno a esa experiencia puede tener. Para empezar, les resumo la historia que hace peculiar mi perspectiva: Entre 2000 y 2001 conviví con un maltratador, como digo, consciente de su problema, sin embargo, eso no le permitía controlar ni sus paranoias ni su impulso castigador. Tenía cambios de personalidad muy radicales, pero no se le diagnosticó un trastorno concreto. Atravesaba estados normales y estados de crisis periódicos, de unas 3 veces al mes. En estado normal era un hombre equilibrado, respetuoso, divertido y trabajador que me quería sinceramente. Sin embargo, en estado de crisis, se volvía un hombre susceptible, intolerante, obsesivo y violento que me odiaba con toda su alma. Su consciencia de problema propio le permitía, casi siempre (que no siempre), tomar tranquilizantes antes de llegar al estado de ira. Y también le permitía dedicar el tiempo en que estaba “normal” a analizarse e inventarse terapias. Pero las crisis siempre volvían y la convivencia era cada vez más difícil. Aun así, la aproveché para recopilar datos sobre su conducta, su infancia y la relación con sus padres. Gracias a ello, tras separarnos y después de 11 años de investigación y formación, publiqué un libro con mis conclusiones.
Tratando este tema en un festival de novela negra y para inspiración de los autores que nos escuchan, debemos reconocer que la violencia de pareja es el mayor crimen sin resolver de la historia. A saber: miles de muertes violentas por todo el mundo en un mismo contexto, miles de detenidos y suicidados, miles de asesinos de ambos sexos con un modus operandi similar, miles de víctimas que se resisten a colaborar, miles de presos que no se reinsertan, miles de libros, miles de opiniones, miles de preguntas… y ninguna respuesta que permita cerrar el caso. ¿Qué detective se atrevería con esto? No muchos, pero estoy segura que su primera observación se posaría sobre los fallos cometidos que han impedido localizar al culpable, neutralizarlo y cerrar el caso. Y en primer lugar se centrarían, como es lógico, en el tipo al que señalan como culpable, que aquí no es un individuo, sino un defecto universal: el machismo.
Si me interrogaran como testigo, yo podría decir que el maltratador no es el espeluznante y calculador psicópata recurrido por tantos autores, y que no siempre es un machista sistemático. De hecho, ninguna mujer medianamente sana se enamoraría del mamarracho cruel y despreciable en que reducen al maltratador infinidad de libros y películas. Esos perfiles viscerales son un insulto a la inteligencia de cualquier maltratada a quien, implícitamente, la presuponen incapaz de advertir las artimañas de un timador sin escuela. Sin embargo, el público demanda personajes planos, identificables, malos y buenos sin dobleces. Y eso es lo que se les da: un villano absoluto en quien poder volcar sin remordimiento nuestros impulsos castigadores diarios, un malvado de muchas caras pero con un único móvil: el machismo. Por eso, en la trama fácil de cualquier noticia, película o novela, la violencia es “de género”, del género masculino contra el femenino, claro. Sin más complicaciones. Gran error.
Porque bajamos a la vida real y los profesores de instituto te cuentan cómo cada vez hay más chicas agresivas y controladoras con sus novios. O hablamos con el vecindario y en casa sí, casa no, la que lleva los pantalones con mano de hierro es la mujer. O consultamos a una Asociación como VISC, que combate la violencia por celos y nos revelan que reciben tantas consultas de mujeres como de hombres maltratados. La realidad no es siempre como nos la cuentan.
Yo les voy a hablar de los maltratadores de carne y hueso, los que he entrevistado durante este tiempo: lo que tienen en común todos ellos, al margen de su sexo, inteligencia o cultura, es el trato afectivo que recibieron en su primera infancia y que, sin lugar a dudas, fue inadecuado. Todos sabemos la trascendencia que tienen a esa edad los más sutiles impactos emocionales. Bastaría, pues, analizar los parámetros educativos y neurológicos que todos tuvieron en común para localizar el origen del problema. Y eso fue lo que yo hice. Así pues, son 4 los elementos comunes a la mayoría y suponen un trauma afectivo que en muchos casos degenera en trastorno de la personalidad. Y que nadie se sorprenda, pues sabemos que el maltratador común es un celoso patológico y que una patología es un tipo de enfermedad. Sólo que en estas personas, esa patología viene junto con otros síntomas que he identificado para demostrar que actúa como otros trastornos de la personalidad bien definidos. ¿La particularidad de éste? Que se manifiesta en crisis con una frecuencia distinta en cada persona, siendo inapreciables los síntomas en estado normal. Hay agresores que tienen 3 crisis al mes, pero hay otros que tienen 1 crisis cada 3 meses. De ahí que sea tan difícil detectar anomalía alguna, pues en estado normal (que es cuando acceden a visitar a un especialista) predomina en ellos su parte sana. Comprendan ahora lo difícil que le resulta a una maltratada abandonar a un hombre que la hace feliz 3 meses, por un día o dos que la hace infeliz. Ustedes sólo ven el suceso, pero nosotras hemos visto al hombre. Y un hombre es más complejo de lo que puede abarcar un titular brevemente desglosado a partir de un hecho sangriento. Para saber cómo siente y cómo piensa un maltratador, o hay que ser maltratador o hay que convivir con uno que sea consciente de serlo. Además, ¿desde cuándo hay dogmas en psicología?, ¿desde cuándo está todo descubierto en el cerebro humano? No hay impedimento teórico alguno para concebir nuevos trastornos, mucho menos en individuos tan imprevisibles y desconocidos como los maltratadores. El psiquiatra Valentín Barenblit, afirmaba en unas Jornadas Pro-Salud Mental, que “el maltratador de género sufre un trastorno mental severo que, además de afectar a la Justicia, compete especialmente a los responsables de la salud mental”.
¿Que por qué el machismo no es el problema? 1º) Porque las mujeres y los homosexuales no maltratan por machismo, 2º) porque está aumentando el fenómeno entre la juventud, en teoría más alejada de criterios patriarcales, 3º) porque hay más feminicidios en países del norte de Europa que en los del sur, 4º) porque existen casos en que hombres formados en igualdad maltratan a su pareja. Por cierto, leí de otro especialista que el maltratador no necesita terapia porque no padece ninguna enfermedad, que sólo necesita reeducación. Ahora escuchen esta noticia: En enero de 2006, en Ronda, un subinspector de policía mató a su ex pareja y se suicidó después. Pues este señor era representante policial de la mesa local contra la violencia de género y había impartido charlas sobre esta lacra. ¿Estaba o no estaba lo bastante reeducado? Que habrá zoquetes entre los maltratadores estoy segura, pero la mayoría saben perfectamente de lo ilegal e intolerable del maltrato. Sin embargo, saberlo racionalmente no les sirve para controlarlo. 5º) ¿Qué papel juega el machismo en todo esto?, El machismo es sólo el ambiente donde el verdadero problema se encuentra cómodo, donde vive más contenido. Siendo un trastorno vinculado a los celos, ocurre lo mismo que en una dictadura, donde mueren antes los rebeldes que los sumisos. En la dictadura de los celos pasa igual: muere antes quien se rebela. Por tanto, hay que combatir el machismo, sí, pero sin olvidar el trastorno celotípico que estalla violentamente ante la rebeldía y la libertad.
Señalar un trastorno como principal sospechoso de los crímenes de pareja no significa dar al maltratador un atenuante de su pena. Este agresor no mejora, sino que EMPEORA con el tiempo y como la seguridad de las víctimas es lo primero, no podemos soltar a un tipo así sabiendo que pasados 20 años estará peor. Por tanto, mientras no exista una terapia eficaz, no se puede liberar a un maltratador de alto grado. Obviamente, un objetivo ineludible para combatir esta lacra, será investigar esas terapias específicas y aplicarlas en prisión.
Este sería el eje de mi propuesta. Y disculpen mi impaciencia, pero es que no tenemos tiempo que perder en palabras vacías y posturismos políticos, porque mañana puede morir otra mujer que, de saber lo que yo sé, quizá podría salvarse. Porque de esta idea se derivan otras que agilizarán la prevención, la protección y la recuperación, haciendo más efectivos los protocolos por nuestra seguridad. Y aunque valoro las buenas intenciones de las leyes que se emprenden contra el maltrato, debo decir que, si bien son necesarias, no bastan. Y que ahora, del lado de quienes hemos sufrido el problema, les ofrecemos otra vía sobre la que trabajar, que no se está abordando por bloqueos ideológicos, pero que estoy segura, evitaría muchas muertes.
Crimen resuelto. Ahora está en otras manos cerrar el caso… o dejarlo abierto y seguir creyéndonos la historieta del machismo.
Texto leído ante asistentes y contertulios de la mesa redonda: Miguel Lorente (delegado del gobierno para la violencia de género), Inés parís (directora de cine), José María Gómez-Villora (Juez titular del Juzgado nº1 de Violencia sobre la Mujer de Valencia) y Carmen Chaparro (periodista y moderadora de la mesa).
miércoles, 29 de diciembre de 2010
Los porqués de otro año negro en la violencia de pareja
Los porqués de otro año negro en la violencia de pareja, 6 años después de una ley anticonstitucional inspirada en la máxima maquiavélica de que “el fin justifica los medios”, no son, en realidad, tan inexplicables. Y no, no voy a decir que la Ley Integral de 2004 es la culpable, aunque no esté de acuerdo con algunos de sus planteamientos y a pesar de su ostentoso fracaso. Tampoco opino, como algún sector de la Iglesia, que el progresivo abandono del modelo de familia tradicional tiene relación con el aumento de la violencia en la pareja. Sin embargo, tampoco respaldo a quienes contraatacan diciendo que es, en realidad, la Iglesia y su sentencia “hasta que la muerte nos separe” uno de los factores que intervienen en el fenómeno. De ninguna manera apoyo, por otro lado, la paupérrima excusa de que el debate sobre las denuncias falsas ha ejercido de freno en la voluntad de denunciar de las víctimas. Para argumentar esto y mi convencimiento de que tampoco el machismo es el problema, he escrito un libro, pero quisiera compartir desde aquí un resumen de mi opinión al respecto en un momento en que todo son elucubraciones deshilachadas y redundantes que poco aportan. Y lo hago desde la humilde y desafortunada autoridad que me da el haber sido víctima de la locura de un maltratador y desde el deseo de conocer un futuro en que ninguna persona, ni mujer, ni hombre, ni niño, ni anciano, sean agredidos por quienes se supone, deberían amarles.
Voy a partir del dato que muchos mencionan y nadie interpreta de la estadística del Centro Reina Sofía para el estudio de la violencia, que demuestra que los índices de feminicidios en España son menores que en el norte de Europa, en países que llevan muchos más años que el nuestro aplicando ambiciosas políticas de igualdad. Hay quien enarbola esta estadística para acallar las voces que claman escandalizadas por el incesante goteo asesinadas en España, como si nuestra inferior posición en la tabla indicara que algo estamos haciendo bien respecto a esos países. Sin embargo, en la medida en que les imitamos, parecemos aproximarnos a sus estadísticas y temo que sólo sea cuestión de tiempo alcanzarles si no hacemos algo distinto. De hecho, es bien sabido que no pueden obtenerse resultados distintos haciendo lo mismo de siempre. Por tanto, deberíamos aprovechar su experiencia para dar paso a propuestas diferentes, paralelas y compatibles, atendiendo a que tampoco las medidas por la igualdad, siendo justas y necesarias, serán el anclaje que nos amarre a un futuro sin violencia.
Con mi historia a cuestas y todo de lo que ella he aprendido e investigado, puedo aportarles una propuesta en esa línea. Pero antes, resolveré la pregunta que angustia a los investigadores que tratan de desentramar este problema averiguando por qué las maltratadas vuelven con su agresor, se resisten a dejarle, no lo denuncian o sencillamente le aman. Porque sí, como bien sospechan, esa es una de las claves. Pues resulta que el agresor es bueno y malo al mismo tiempo. Tal cual. No es un grandísimo actor que finge ser bueno en pro de sus sádicos planes de sometimiento de la mujer, no. Es que es realmente bueno y malo, alternativamente, en estados psicológicos que se suceden con una frecuencia determinada en cada individuo: el estado normal y el estado de crisis. La maltratada se enamora, entonces, del hombre bueno que es este agresor en estado normal, pues resulta que en ese estado son personas absolutamente normales, respetuosas y particularmente sensibles. Sin embargo, en estado de crisis, se apodera de ellos la potente paranoia de estar siendo despreciados por todos, de que todo el mundo es malo, de que su pareja planea traicionarle y de que él tiene que castigarla por ser mala. Así pues, en crisis, su comportamiento se ajusta a una máxima universal inapelable: lo malo debe ser castigado. El problema es que su paranoia, su criterio patológico le hace ver maldades en cualquier cosa y siente una ansiedad insoportable si no ve saciado su impulso neurótico por castigarlo. Nos enfrentamos pues a una anomalía psíquica vinculada a los celos patológicos que, además, afecta por igual a hombres y mujeres. La consciencia de problema propio, por otro lado, no revierte los síntomas. De hecho, mi ex pareja era muy consciente de su problema y a pesar de ello, no podía controlarlo. Por tanto, de nada sirven los protocolos enfocados a que reconozcan racional y conscientemente lo inadecuado de su conducta.
Esta es la base de mi propuesta, pero antes de criticarla piensen por un momento en si fuera verdad. Si esto fuera cierto y llega a demostrarse, como firmemente creo que ocurrirá, el único problema a resolver, a parte de encontrar una terapia eficaz, sería el tratamiento penal que recibiría este tipo de trastorno. En mi propuesta resuelvo esta cuestión, contemplando que se trate como un nuevo trastorno de la personalidad compatible con el internamiento penal ordinario. Primero, por su peligrosidad inherente y por la seguridad de las víctimas; segundo, porque este trastorno permite comprender la gravedad del delito y asumir el castigo que le corresponde, hasta el punto de parecerles leve la pena de cárcel; tercero, precisamente, porque debe impedírsele el suicidio con el fin de seguir investigando en ellos terapias más eficaces que sirvan para detener el empeoramiento y reducir la peligrosidad de afectados en libertad; y por último, para investigar las claves que originan estas personalidades maltratadoras y trabajar en su prevención.
¿Siguen escandalizados por mi propuesta? Quizá por ser, precisamente, una ex maltratada, no temo hacerla y no tengo ningún prestigio que perder si me equivoco. Pero piensen, de nuevo, en la estadística del Centro Reina Sofía sobre el ranking de feminicidios en el mundo. Desde mi enfoque podemos dar una interpretación bastante razonable al hecho de que en Europa se mate a más mujeres en países altamente igualitarios y menos en países tradicionalmente machistas. Lo explico con un ejemplo: Si asimilamos los celos patológicos a una dictadura, ¿quién muere antes en esta dictadura, los rebeldes o los sumisos? Lógicamente, muere antes quien se rebela, quien desafía a la dictadura. Pues lo mismo ocurre con este trastorno. En los países del norte se estimula la libertad y la rebeldía sin combatir la dictadura de los celos, que se ve provocada y estalla, tanto contra las mujeres, como contra los hombres. No es casual que en Holanda recientemente se haya pasado de tener 4 a abrir 40 casas de acogida para hombres maltratados.
Olvídense de prejuicios, de esquemas preconcebidos, de ideologías, de posturismos y reflexionen, por el bien de todas las víctimas presentes y futuras: Con los medios actuales no se está consiguiendo nada, ni en España, ni en el resto del mundo. Sin embargo, los síntomas son sospechosamente similares en todas partes sin que se logre dibujar un perfil predeterminado ni de víctimas ni de agresores, igual que ocurre con otros trastornos y enfermedades. ¿Les asusta que esta sugerencia sirva para disculpar al maltratador? Pues si sirve para salvar vidas y permite que los agresores asuman una pena igual a la de un individuo sano, a mí no me asusta en absoluto. Y no, no paso la patata caliente a manos de los psicólogos y psiquiatras, la paso a manos de toda la sociedad que debe, de una vez por todas, abandonar la palabrería vacía y volcarse en evitar los factores educativos concretos que confluyen en el desarrollo de una personalidad maltratadora. Siendo un enfoque compatible con los protocolos actuales, ¿qué perdemos investigándolo?
Araceli Santalla, presidenta de la Asociación VISC (www.visc.es) y autora de “El machismo no es el problema”, Alborán Editores, 2010 (www.tiendadelpsicologo.com)
Voy a partir del dato que muchos mencionan y nadie interpreta de la estadística del Centro Reina Sofía para el estudio de la violencia, que demuestra que los índices de feminicidios en España son menores que en el norte de Europa, en países que llevan muchos más años que el nuestro aplicando ambiciosas políticas de igualdad. Hay quien enarbola esta estadística para acallar las voces que claman escandalizadas por el incesante goteo asesinadas en España, como si nuestra inferior posición en la tabla indicara que algo estamos haciendo bien respecto a esos países. Sin embargo, en la medida en que les imitamos, parecemos aproximarnos a sus estadísticas y temo que sólo sea cuestión de tiempo alcanzarles si no hacemos algo distinto. De hecho, es bien sabido que no pueden obtenerse resultados distintos haciendo lo mismo de siempre. Por tanto, deberíamos aprovechar su experiencia para dar paso a propuestas diferentes, paralelas y compatibles, atendiendo a que tampoco las medidas por la igualdad, siendo justas y necesarias, serán el anclaje que nos amarre a un futuro sin violencia.
Con mi historia a cuestas y todo de lo que ella he aprendido e investigado, puedo aportarles una propuesta en esa línea. Pero antes, resolveré la pregunta que angustia a los investigadores que tratan de desentramar este problema averiguando por qué las maltratadas vuelven con su agresor, se resisten a dejarle, no lo denuncian o sencillamente le aman. Porque sí, como bien sospechan, esa es una de las claves. Pues resulta que el agresor es bueno y malo al mismo tiempo. Tal cual. No es un grandísimo actor que finge ser bueno en pro de sus sádicos planes de sometimiento de la mujer, no. Es que es realmente bueno y malo, alternativamente, en estados psicológicos que se suceden con una frecuencia determinada en cada individuo: el estado normal y el estado de crisis. La maltratada se enamora, entonces, del hombre bueno que es este agresor en estado normal, pues resulta que en ese estado son personas absolutamente normales, respetuosas y particularmente sensibles. Sin embargo, en estado de crisis, se apodera de ellos la potente paranoia de estar siendo despreciados por todos, de que todo el mundo es malo, de que su pareja planea traicionarle y de que él tiene que castigarla por ser mala. Así pues, en crisis, su comportamiento se ajusta a una máxima universal inapelable: lo malo debe ser castigado. El problema es que su paranoia, su criterio patológico le hace ver maldades en cualquier cosa y siente una ansiedad insoportable si no ve saciado su impulso neurótico por castigarlo. Nos enfrentamos pues a una anomalía psíquica vinculada a los celos patológicos que, además, afecta por igual a hombres y mujeres. La consciencia de problema propio, por otro lado, no revierte los síntomas. De hecho, mi ex pareja era muy consciente de su problema y a pesar de ello, no podía controlarlo. Por tanto, de nada sirven los protocolos enfocados a que reconozcan racional y conscientemente lo inadecuado de su conducta.
Esta es la base de mi propuesta, pero antes de criticarla piensen por un momento en si fuera verdad. Si esto fuera cierto y llega a demostrarse, como firmemente creo que ocurrirá, el único problema a resolver, a parte de encontrar una terapia eficaz, sería el tratamiento penal que recibiría este tipo de trastorno. En mi propuesta resuelvo esta cuestión, contemplando que se trate como un nuevo trastorno de la personalidad compatible con el internamiento penal ordinario. Primero, por su peligrosidad inherente y por la seguridad de las víctimas; segundo, porque este trastorno permite comprender la gravedad del delito y asumir el castigo que le corresponde, hasta el punto de parecerles leve la pena de cárcel; tercero, precisamente, porque debe impedírsele el suicidio con el fin de seguir investigando en ellos terapias más eficaces que sirvan para detener el empeoramiento y reducir la peligrosidad de afectados en libertad; y por último, para investigar las claves que originan estas personalidades maltratadoras y trabajar en su prevención.
¿Siguen escandalizados por mi propuesta? Quizá por ser, precisamente, una ex maltratada, no temo hacerla y no tengo ningún prestigio que perder si me equivoco. Pero piensen, de nuevo, en la estadística del Centro Reina Sofía sobre el ranking de feminicidios en el mundo. Desde mi enfoque podemos dar una interpretación bastante razonable al hecho de que en Europa se mate a más mujeres en países altamente igualitarios y menos en países tradicionalmente machistas. Lo explico con un ejemplo: Si asimilamos los celos patológicos a una dictadura, ¿quién muere antes en esta dictadura, los rebeldes o los sumisos? Lógicamente, muere antes quien se rebela, quien desafía a la dictadura. Pues lo mismo ocurre con este trastorno. En los países del norte se estimula la libertad y la rebeldía sin combatir la dictadura de los celos, que se ve provocada y estalla, tanto contra las mujeres, como contra los hombres. No es casual que en Holanda recientemente se haya pasado de tener 4 a abrir 40 casas de acogida para hombres maltratados.
Olvídense de prejuicios, de esquemas preconcebidos, de ideologías, de posturismos y reflexionen, por el bien de todas las víctimas presentes y futuras: Con los medios actuales no se está consiguiendo nada, ni en España, ni en el resto del mundo. Sin embargo, los síntomas son sospechosamente similares en todas partes sin que se logre dibujar un perfil predeterminado ni de víctimas ni de agresores, igual que ocurre con otros trastornos y enfermedades. ¿Les asusta que esta sugerencia sirva para disculpar al maltratador? Pues si sirve para salvar vidas y permite que los agresores asuman una pena igual a la de un individuo sano, a mí no me asusta en absoluto. Y no, no paso la patata caliente a manos de los psicólogos y psiquiatras, la paso a manos de toda la sociedad que debe, de una vez por todas, abandonar la palabrería vacía y volcarse en evitar los factores educativos concretos que confluyen en el desarrollo de una personalidad maltratadora. Siendo un enfoque compatible con los protocolos actuales, ¿qué perdemos investigándolo?
Araceli Santalla, presidenta de la Asociación VISC (www.visc.es) y autora de “El machismo no es el problema”, Alborán Editores, 2010 (www.tiendadelpsicologo.com)
domingo, 31 de mayo de 2009
Amar y dejar a un enfermo de celos agresivos
La mujer asesinada en Castellón veía casi a diario a su ex novio con orden de alejamiento. Tras matarla, el agresor viajó a Madrid para dejar a su hijo con unos familiares y entregarse a la policía.
http://www.violenciadegenero.info/2009/05/29/la-mujer-asesinada-en-castellon-veia-casi-a-diario-a-su-ex-novio-con-orden-de-alejamiento/
De nuevo nos tenemos que preguntar por qué suceden estas cosas. Por qué una mujer que ha denunciado a su pareja por maltrato, tras lograr una orden de alejamiento por su propia seguridad, vuelve con él, a espaldas de la justicia y de la lógica, como si todo se tratara de un juego. Y también nos podemos preguntar por qué a él no le sirve de escarmiento y reflexión, de intimidación o vergüenza, que la ley le imponga no acercarse más a la mujer que le ha denunciado. O por qué tras matarla no huye, se esconde, miente o se justifica, para seguir saciando libremente su sed de dominación sometiendo y maltratando a otra mujer, si es ese el sentido de su vida, como presumen muchos especialistas. O por qué es más poderoso su impulso agresor que la amenaza de perderlo todo: a su pareja, su hijo, su hogar, sus padres, su trabajo, sus amigos, su libertad, su vida. Por qué pudiendo elegir, elige lo peor para él y se entrega resignado a la policía.
Todo tiene un porqué. Y los porqués son muy útiles para entender los mecanismos del comportamiento humano y poder mejorarlos o corregirlos. Los porqués no disculpan, no atenúan la culpa ni justifican lo malo. De hecho, al agresor tampoco le sirven sus propios porqués. Por eso tantos se entregan o se suicidan, resultándoles demasiado benévolo el castigo de la cárcel. Si no me creen, prueben a reinstaurar la pena de muerte para este tipo de crímenes. No serviría de nada. Es más, les ahorraría el esfuerzo de enfrentarse al suicidio para escapar de su culpa.
El maltratador maltrata reproduciendo el maltrato que recibió de pequeño, o de pequeña, si es mujer la agresora. No ha de ser necesariamente un castigo físico el que recibiera, pues el castigo psicológico también produce lesiones en su frágil mente. Pero si fue traumáticamente maltratado, nos preguntamos después, ¿por qué a veces se comporta correctamente? ¿Por qué es capaz de dar respuestas psicológicamente sanas ante situaciones que un enfermo no sabría resolver?, ¿por qué puede desprenderse de su condición de niño-maltratado para seducir, conquistar, cuidar, estimular y proteger a una mujer, y luego volver a vestirse de niño-traumatizado para insultarla y golpearla?, ¿acaso las secuelas de un trauma pueden borrarse y mostrarse intermitentemente? Pues sí. En esta clase de traumatizados afectivos sí sucede eso. Y sucede porque el maltrato que recibieron de niños era compensado, de manera intermitente, con cálidos gestos de cariño y protección. Porque el progenitor castigador, no está siempre enfadado y castigando. De ahí que el niño recibiera estímulos positivos que luego le permitirían exteriorizar ese lado bueno y atractivo con que hacer amigos, conseguir trabajo y enamorar a mujeres. Ambos lados, el bueno y el malo, conviven, pues, en la misma persona y ambos son verdaderos, tan verdaderos como el amor y el odio que recibió en su infancia de su progenitor más próximo, la madre, generalmente. La frecuencia e intensidad de sus crisis estará muy relacionada, entonces, con la frecuencia e intensidad con que fue castigado de pequeño, pues resulta una información tan impactante para el cerebro de un niño, que quedará grabada en el subconsciente y acabará reproduciéndola bajo muy similares parámetros cuando sea mayor.
¿Qué sucede cuando es mayor? Sucede que, por la inercia biológica que todos compartimos, se enamora y seduce a una mujer. Y con ello sucede que cambia el lugar donde depositaba sus afectos más íntimos, de su madre a su nueva pareja, trasladando también a ella los traumas afectivos que contrajo en la infancia y que, como digo, siguen vivos en el subconsciente. Entonces, igual que antes tenía una relación de amor-odio con su madre, lo mismo sucederá con su pareja, representando ésta el papel afectivo que asumía su madre antes. Sin embargo, mientras que en su infancia, la madre castigaba y el niño tenía que someterse resignado y asustado, ahora ese niño es un hombre con capacidad para defenderse y vengarse de un maltrato injusto. Los celos irracionales que delatan la inseguridad afectiva con que creció este niño, alimentarán sus paranoias adultas sobre la inminente traición que le prepara su pareja. Y así como de pequeño aprendió que todo lo malo tiene que castigarse, ejercerá el castigo contra su pareja por ser mala, por ignorarle, por fingir quererle cuando en el fondo pretende abandonarle, por demostrar con su dejadez, su apatía, su desorden o su indiferencia, que ya no le desea, que ya no quiere estar con él, que prefiere a cualquier otro… y todos esos delirios tan recurrentes en esta patología.
Pero a todo esto, se une una circunstancia nueva y letal, que no se daba en la infancia del agresor: la rebeldía de la víctima hacia el castigo. O bien, que la víctima reconozca su intención de abandonarle. O que se defienda, o que le insulte, o que, en definitiva haga lo que él jamás se atrevió a hacer cuando le castigaba su madre, reconociendo su instinto de supervivencia las pocas posibilidades que tenía de salir airoso del conflicto. Sin embargo, una persona adulta de hoy en día, liberada, respaldada por una sociedad cada vez más civilizada que nos incita a la rebeldía ante cualquier forma de sometimiento irracional y desproporcionado, no se resigna a un castigo injusto: protesta, se queja, se defiende, insulta e incluso amenaza o denuncia. Pero el cerebro del agresor encaja estas reacciones como un desafío al castigo que él considera justo, un desafío osado y provocador que no hace más que confirmar sus sospechas de que la víctima es mala. Igual que su madre le castigaba a él porque era malo y él no rechistaba. De hecho, si rechistaba, el castigo era mayor. Y así sucede en su relación adulta. Que la víctima protesta y su castigo es mayor, “como debe ser”, para el cerebro traumatizado del agresor que reproduce lo que su propia madre habría hecho con él si él se hubiera rebelado. ¿Cuántas veces, si no, le oyó decir “como no cumplas el castigo, te mato” o “como patalees, te mato”, o “si te portas mal, te mato”? Un niño no sabe distinguir si se trata de una expresión exagerada; simplemente aprende a concebir el matar como una forma apta de castigo.
Pero su pareja no le ama por eso, le ama por su lado bueno, por ese que sí fue estimulado, querido y protegido. Por las veces en que la madre estaba de buen humor y bromeaba con él, le valoraba y le hacía sentir importante. Por las veces en que lo puso como ejemplo ante otros, le abrazó y le besó cuando tuvo miedo, le arropó en la cama y le contó un cuento, le defendió del vecino que quiso pegarle, le compró ropa y le dijo lo guapo que estaba, en definitiva, por las veces en que se sintió el pequeño príncipe de la reina que para él era su madre. Esos momentos alimentaron la personalidad carismática y encantadora que tienen también estas personas agresivas y es ESA personalidad la que enamora, no la otra. De manera que una mujer maltratada no es, necesariamente, una masoquista, anulada, sin autoestima y llena de complejos. Porque cualquiera puede enamorarse del hombre sensible que vive tras ese asesino en potencia que acaba siendo un niño que ha crecido bajo los condicionantes que acabo de describir. Cualquiera.
Pero siendo conscientes, ahora sí la sociedad entera, de todo esto, hemos de informar bien, tanto a las mujeres más vulnerables como a toda persona que aparentemente no es susceptible de caer en las redes de una relación tan destructiva, que el comportamiento del maltratador común se rige bajo unos parámetros mucho más vinculados a la enfermedad que a la razón y que, por tanto, nunca debemos caer en la ingenuidad de pensar que con amor podemos cambiarles. No podemos cambiarles y esas crisis en que pasa de ser un hombre maravilloso a un monstruo, se van a repetir de manera intermitente, sin que nadie pueda evitarlo, ni siquiera él mismo, por mucha voluntad que le ponga. Porque TODAVÍA no hay terapia enfocada al tratamiento de este trastorno. Por eso insisto, por tu propia supervivencia: si detectas en tu pareja un comportamiento que se ajusta al que describo, ten mucho cuidado y aléjate de él con la mayor prudencia y sutilidad de que seas capaz. Aunque le ames, aunque te ame. Porque este trastorno mata y muerta nunca podrás ayudarle.
http://www.violenciadegenero.info/2009/05/29/la-mujer-asesinada-en-castellon-veia-casi-a-diario-a-su-ex-novio-con-orden-de-alejamiento/
De nuevo nos tenemos que preguntar por qué suceden estas cosas. Por qué una mujer que ha denunciado a su pareja por maltrato, tras lograr una orden de alejamiento por su propia seguridad, vuelve con él, a espaldas de la justicia y de la lógica, como si todo se tratara de un juego. Y también nos podemos preguntar por qué a él no le sirve de escarmiento y reflexión, de intimidación o vergüenza, que la ley le imponga no acercarse más a la mujer que le ha denunciado. O por qué tras matarla no huye, se esconde, miente o se justifica, para seguir saciando libremente su sed de dominación sometiendo y maltratando a otra mujer, si es ese el sentido de su vida, como presumen muchos especialistas. O por qué es más poderoso su impulso agresor que la amenaza de perderlo todo: a su pareja, su hijo, su hogar, sus padres, su trabajo, sus amigos, su libertad, su vida. Por qué pudiendo elegir, elige lo peor para él y se entrega resignado a la policía.
Todo tiene un porqué. Y los porqués son muy útiles para entender los mecanismos del comportamiento humano y poder mejorarlos o corregirlos. Los porqués no disculpan, no atenúan la culpa ni justifican lo malo. De hecho, al agresor tampoco le sirven sus propios porqués. Por eso tantos se entregan o se suicidan, resultándoles demasiado benévolo el castigo de la cárcel. Si no me creen, prueben a reinstaurar la pena de muerte para este tipo de crímenes. No serviría de nada. Es más, les ahorraría el esfuerzo de enfrentarse al suicidio para escapar de su culpa.
El maltratador maltrata reproduciendo el maltrato que recibió de pequeño, o de pequeña, si es mujer la agresora. No ha de ser necesariamente un castigo físico el que recibiera, pues el castigo psicológico también produce lesiones en su frágil mente. Pero si fue traumáticamente maltratado, nos preguntamos después, ¿por qué a veces se comporta correctamente? ¿Por qué es capaz de dar respuestas psicológicamente sanas ante situaciones que un enfermo no sabría resolver?, ¿por qué puede desprenderse de su condición de niño-maltratado para seducir, conquistar, cuidar, estimular y proteger a una mujer, y luego volver a vestirse de niño-traumatizado para insultarla y golpearla?, ¿acaso las secuelas de un trauma pueden borrarse y mostrarse intermitentemente? Pues sí. En esta clase de traumatizados afectivos sí sucede eso. Y sucede porque el maltrato que recibieron de niños era compensado, de manera intermitente, con cálidos gestos de cariño y protección. Porque el progenitor castigador, no está siempre enfadado y castigando. De ahí que el niño recibiera estímulos positivos que luego le permitirían exteriorizar ese lado bueno y atractivo con que hacer amigos, conseguir trabajo y enamorar a mujeres. Ambos lados, el bueno y el malo, conviven, pues, en la misma persona y ambos son verdaderos, tan verdaderos como el amor y el odio que recibió en su infancia de su progenitor más próximo, la madre, generalmente. La frecuencia e intensidad de sus crisis estará muy relacionada, entonces, con la frecuencia e intensidad con que fue castigado de pequeño, pues resulta una información tan impactante para el cerebro de un niño, que quedará grabada en el subconsciente y acabará reproduciéndola bajo muy similares parámetros cuando sea mayor.
¿Qué sucede cuando es mayor? Sucede que, por la inercia biológica que todos compartimos, se enamora y seduce a una mujer. Y con ello sucede que cambia el lugar donde depositaba sus afectos más íntimos, de su madre a su nueva pareja, trasladando también a ella los traumas afectivos que contrajo en la infancia y que, como digo, siguen vivos en el subconsciente. Entonces, igual que antes tenía una relación de amor-odio con su madre, lo mismo sucederá con su pareja, representando ésta el papel afectivo que asumía su madre antes. Sin embargo, mientras que en su infancia, la madre castigaba y el niño tenía que someterse resignado y asustado, ahora ese niño es un hombre con capacidad para defenderse y vengarse de un maltrato injusto. Los celos irracionales que delatan la inseguridad afectiva con que creció este niño, alimentarán sus paranoias adultas sobre la inminente traición que le prepara su pareja. Y así como de pequeño aprendió que todo lo malo tiene que castigarse, ejercerá el castigo contra su pareja por ser mala, por ignorarle, por fingir quererle cuando en el fondo pretende abandonarle, por demostrar con su dejadez, su apatía, su desorden o su indiferencia, que ya no le desea, que ya no quiere estar con él, que prefiere a cualquier otro… y todos esos delirios tan recurrentes en esta patología.
Pero a todo esto, se une una circunstancia nueva y letal, que no se daba en la infancia del agresor: la rebeldía de la víctima hacia el castigo. O bien, que la víctima reconozca su intención de abandonarle. O que se defienda, o que le insulte, o que, en definitiva haga lo que él jamás se atrevió a hacer cuando le castigaba su madre, reconociendo su instinto de supervivencia las pocas posibilidades que tenía de salir airoso del conflicto. Sin embargo, una persona adulta de hoy en día, liberada, respaldada por una sociedad cada vez más civilizada que nos incita a la rebeldía ante cualquier forma de sometimiento irracional y desproporcionado, no se resigna a un castigo injusto: protesta, se queja, se defiende, insulta e incluso amenaza o denuncia. Pero el cerebro del agresor encaja estas reacciones como un desafío al castigo que él considera justo, un desafío osado y provocador que no hace más que confirmar sus sospechas de que la víctima es mala. Igual que su madre le castigaba a él porque era malo y él no rechistaba. De hecho, si rechistaba, el castigo era mayor. Y así sucede en su relación adulta. Que la víctima protesta y su castigo es mayor, “como debe ser”, para el cerebro traumatizado del agresor que reproduce lo que su propia madre habría hecho con él si él se hubiera rebelado. ¿Cuántas veces, si no, le oyó decir “como no cumplas el castigo, te mato” o “como patalees, te mato”, o “si te portas mal, te mato”? Un niño no sabe distinguir si se trata de una expresión exagerada; simplemente aprende a concebir el matar como una forma apta de castigo.
Pero su pareja no le ama por eso, le ama por su lado bueno, por ese que sí fue estimulado, querido y protegido. Por las veces en que la madre estaba de buen humor y bromeaba con él, le valoraba y le hacía sentir importante. Por las veces en que lo puso como ejemplo ante otros, le abrazó y le besó cuando tuvo miedo, le arropó en la cama y le contó un cuento, le defendió del vecino que quiso pegarle, le compró ropa y le dijo lo guapo que estaba, en definitiva, por las veces en que se sintió el pequeño príncipe de la reina que para él era su madre. Esos momentos alimentaron la personalidad carismática y encantadora que tienen también estas personas agresivas y es ESA personalidad la que enamora, no la otra. De manera que una mujer maltratada no es, necesariamente, una masoquista, anulada, sin autoestima y llena de complejos. Porque cualquiera puede enamorarse del hombre sensible que vive tras ese asesino en potencia que acaba siendo un niño que ha crecido bajo los condicionantes que acabo de describir. Cualquiera.
Pero siendo conscientes, ahora sí la sociedad entera, de todo esto, hemos de informar bien, tanto a las mujeres más vulnerables como a toda persona que aparentemente no es susceptible de caer en las redes de una relación tan destructiva, que el comportamiento del maltratador común se rige bajo unos parámetros mucho más vinculados a la enfermedad que a la razón y que, por tanto, nunca debemos caer en la ingenuidad de pensar que con amor podemos cambiarles. No podemos cambiarles y esas crisis en que pasa de ser un hombre maravilloso a un monstruo, se van a repetir de manera intermitente, sin que nadie pueda evitarlo, ni siquiera él mismo, por mucha voluntad que le ponga. Porque TODAVÍA no hay terapia enfocada al tratamiento de este trastorno. Por eso insisto, por tu propia supervivencia: si detectas en tu pareja un comportamiento que se ajusta al que describo, ten mucho cuidado y aléjate de él con la mayor prudencia y sutilidad de que seas capaz. Aunque le ames, aunque te ame. Porque este trastorno mata y muerta nunca podrás ayudarle.
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